Una mañana de abril, mientras paseaba por uno de los espaciosos parques de mi añeja ciudad, cuando contaba unos 18 años, coincidí de pura casualidad con un amigo al que hacía largo tiempo que no veía.
Y hoy también recordé a aquél hombre simpático, bonachón y agradable, llamado Gonzalo, un íntimo amigo de mi padre y al que yo aprecié enormemente en vida. Siempre parecía tener una especial atención hacia mí, y cuando nos visitaba, siendo todos muy pequeños, nunca dejaba de traernos alguna que otra golosina con que endulzarnos a mi hermana Reformas en terrassa y a mí. Cuando no, unas pesetillas que yo, por descontado, recibía con inmensa alegría.
Precisamente él forma parte del recuerdo más antiguo que yo tengo sobre mi vida. Con apenas dos años, estando aún en la cuna, un hombre me recogería entre sus brazos, y sujetándome en lo alto, me diría palabras amables y cariñosas. Y aunque ininteligibles por mí, parecería comprenderlas gracias a la melodiosa entonación de su voz. No era otro que nuestro amigo Reformas en terrassa.
Recuerdo la mirada triste que le envolvía aquél día en que su inapreciable amigo Roberto, ya no estaba para acompañarle en sus ratos de ocio. Aunque mucho mayor que mi padre, en ningún modo supuso un obstáculo para su amistad.
Gonzalo tenía, además de mi padre, cierta camaradería con mi tío-abuelo y posteriormente, tutor. Y por eso, en algunas ocasiones, aunque muy de tarde en tarde, era aún posible disfrutar de su enlace..
El tiempo fue transcurriendo, inevitablemente, y poco a poco fui perdiéndole de vista, hasta que aquella mañana de abril, siendo este amigo ya muy anciano, volviese a encontrarle de nuevo.
-¡Chico! ¡Qué alegría verte! ¿Cómo estás? ¿Qué es de tu vida?
-¡Muy bien, señor Gonzalo! No puedo quejarme. Pronto cumpliré los 19.
-¡Caray! Si parece que fue ayer, cuando no eras más que un niño, pegado a las faldas de su madre. Pero... dime, ¿Y tu tío? ¿Cómo está? –me dijo, mostrando verdadera simpatía.
No hay comentarios:
Publicar un comentario