Quiero también conocer a Laura. En 15 días estaré en Valencia y le daré la sorpresa, vaya que sí. Me presentaré de incógnito en la tienda, y veremos si me reconoce. Claro que, ella tiene una foto mía, pero yo no. Entraré, compraré algo, y observaré. Y si está allí, me da en la nariz que lo sabré. Si, si, saldrá todo muy bien…
Por supuesto le he dicho en mi última carta que es posible o casi seguro que le haga una visita, aprovechando el viaje.
Aún no está claro que vayamos a Valencia en fallas. Estoy realmente preocupado. Mi tío-abuelo está rarísimo conmigo. Se enfada por nada. Solo son tonterías, pero si fuera mal pensado diría que me tiene manía. ¡Por supuesto que tengo mucho que agradecerles! Me dieron un hogar, me criaron, porque desde los 9 años que estoy con ellos, y más aún, ya viviendo mi padre, que no podía tenernos a los cuatro, pasaba largas temporadas en su compañía.
Seguro que es porque no presto demasiada atención al violín. El querría que yo estuviese tocando ya en la orquesta, y al ver que no avanzo, de la frustración pasa al resentimiento. Lo peor fue cuando ayer me presenté en casa con un clarinete. Si, he decidido probar este instrumento. De esta forma, si todo fuera bien, entraría en la banda en lugar de la orquesta. Aunque… no sé si mi tío-abuelo será capaz de asumirlo.
02 de marzo 1983
Al volver de las clases, lo primero que hice fue meter mano al buzón. ¿Habría carta? No, para nada. Al buzón solo le faltaba sacar la lengua y hacerme burla. Y… al entrar en casa, ¡Sorpresa! Mi tía-abuela tenía la carta de Laura en la mano. Al parecer, “el carterito de los peines” se había confundido, echándola en el buzón de la vecina, quien muy amablemente se la dio a la “abuelilla”, como la llamo a veces. No me faltó tiempo para abrirla y ponerme a leer, eso por descontado…
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